jueves, 29 de mayo de 2014

Madera mojada, otoño muerto.

Quisimos ser
fuego
pero tú siempre fuiste
como el humo
que se escapa entre
los labios,
adoptando formas según
el curso del viento.
Yo quise ser hoguera
y no supe arder
hasta que comprendí
que no era más
que madera mojada,
un otoño muerto.
Mis raíces ardían
pero mi piel, rugosa y dura,
estaba empapada,
como tú cada noche,
cuando buscabas
en otras sábanas una razón
para explicar tu soledad,
sin pararte a mirar dentro de ti
y escuchar el eco.
Suspirabas.

Qué vacío más bonito tenías, joder.

Yo sólo quería compartir
tu eco y
llenar de colores tu alma
gris.
Pero tú pintabas de acuarela
tus mejillas
que acababan diluidas
con tus lágrimas.
Siempre lo preferiste así.
Y qué lágrimas.
Mirarte a los ojos era
encontrarse en el epicentro de un terremoto rodeado de
nada.

Pero qué te voy a contar
si tú elegiste el vacío
de noches sin nombre
y yo preferí ser mi todo
y tu nada.


miércoles, 14 de mayo de 2014

Yo soy mi propio lobo.

Tengo el corazón
a prueba de
razones
desde que se abrió
una grieta
por culpa de un
"Te quiero" que hizo eco.
Nunca
se me ha dado
bien eso
de fingir sentimientos
y mucho menos admitir
que los tengo.
Pero hoy no están.
Hoy hace frío a 35
grados
bajo
cero.
He luchado contra mí,
y en este cuento
no hay caperucitas.
Pongamos que
sucumbí a vivir entregando
un placebo
de sonrisa.
Supongamos que
me he perdido buscando
un bozal
para todo
silencio que me desvista.

jueves, 1 de mayo de 2014

Desnudez.

Era pleno junio y yo me acababa de instalar en Madrid.

No conocía a nadie, pero nuestras miradas se cruzaron por casualidad un día en El Retiro y supe, desde el primer segundo, que marcaría un antes y un después en mi vida.

Su pelo castaño caía sobre sus hombros, llegando prácticamente al centro de su espalda. La observaba desde lejos, leía sentada bajo un árbol, y comencé a dibujarla en la lejanía.

Su mirada ausente , el brillo de su pelo..., era ella.

Día tras día, repetíamos el mismo proceso. Ella se sentaba a leer bajo el mismo árbol y yo, en silencio, hacía garabatos intentando dibujarla.
Un día, tardé más de lo esperado en llegar. Al verme, se levantó y se acercó a mí.

-Pensaba que ya no vendrías- dijo ella.

Me quedé petrificada ante su belleza. Y habló el silencio. Acarició mi mentón y me miró fijamente a los ojos. Era casi imposible sostenerle la mirada.

-Voy a llevarte a un lugar-.

Y allá nos fuimos. Un pequeño local escondido en un rincón de la Gran Vía. Tocaban jazz y había un chico muy joven al piano. Nunca imaginé un sitio igual. Había alfombras de inspiración árabe por todo el suelo, cojines, sillas antiguas y hasta una mini-biblioteca.

De pronto alguien gritó y la policía entró con violencia. Entonces caí en la cuenta de que se trataba de un local clandestino y tratamos de huir.
Corrimos durante unos minutos y me llevó a su casa.

Compartía piso con dos chicos y estudiaba Antropología. No sé por qué, lo supuse.
Tomamos algo, hablamos largo y tendido, y de pronto sacó un papel en blanco.

-Escribe lo primero que se te ocurra- musitó.

-"Arte"-.

Alzó la vista y su mirada me paralizó. Cuando quise darme cuenta, sus labios ya jugaban a interponerse entre mi razón y mi corazón.

Dulce, me tumbó sobre su cama y se subió encima de mí. Se deshizo de su camiseta y el olor de su piel me recordaba a mi infancia en la playa, ese olor a mar...

Me besaba con firmeza y dulzura a la vez. Sus besos cortos y húmedos trazaban un sendero desde mi cuello hasta mi esternón mientras sus dedos, de forma delicada y circular, acariciaban mis pezones, ya erguidos.

Quería más, y ambas lo sabíamos. Arrojé sus pantalones al suelo y mis manos, entrelazadas con su pelo, bajaban hasta acariciar sus pechos.
Completamente desnudas, sentíamos el calor, la humedad. El movimiento de sus caderas pegadas a las mías, como en un hipnótico baile, sus jadeos, los míos, su boca, la mía. El sexo.

Se dejó la dulzura en forma de cicatriz de guerra anclada en mi espalda, la miel en mis labios y sus manos dentro de mí, a un ritmo frenético.
Ni en sueños imaginé algo así.
De pronto su ritmo disminuyó y su boca comenzó a abrirse paso besando mis muslos, lamiéndolos hasta llegar a mi sexo, que la esperaba con impaciencia.

Sentía su lengua jugando conmigo, recorriéndome y mis gemidos quedaban ahogados entre la música.

Casi agotada, me abracé a ella y comencé a morder sus pezones lentamente a la par que mi lengua los rodeaba. Sus manos paseaban por mi espalda hasta que llegué a su ombligo y mi lengua empezó a bajar hasta llegar a su clítoris. Lentamente la saboreaba, disfrutándola, sintiéndola latir, notando sus talones en mi espalda y su mano derecha en mi cabeza marcando el ritmo.

En el último arañazo, el más intenso de todos, supe que no cabía más placer dentro de sí. Y fuimos una.

Rendidas, acabamos derrotadas, con las piernas entrelazadas comenzando una aventura de la que aún, nadie, ha escrito el final.

lunes, 28 de abril de 2014

La soledad huele a flores.

Tengo la soledad a
flor de piel
y un ejército de sombras
que trata
de recomponer los
pedacitos de este corazón
ya muerto.
No me enredes con tus pies.
Nunca me gustó perder
en la escalera de los sueños.
Cámbiame el nombre,
llévame a cualquier lugar
donde mis pasos
traten de guiarse sin brújula.
Escúpeme al norte
de un cuento, da igual.
Aunque quisiera
nunca podría ser la bruja.

Trata de recomponer
la esencia de lo
inevitable.
Reza. Quizás se obre
un milagro
y alguien se pierda
para encontrarme.

martes, 22 de abril de 2014

De crueldad y laberintos.

Conocemos el sabor
de la crueldad
cuando compartimos
una almohada que
no es la nuestra
y dejamos
nuestro perfume
pensando:
"Jódete.
Huéleme y
échame de menos".

Quizás
de eso se trata.
De amar
con la misma fuerza
con la que anhelarías
una venganza.

Fumas un cigarrillo,
bebes ron barato
y te emborrachas
con mil besos que saben
a
lo
mismo.

Te enganchas
de cuellos
sin nombre,
crees encontrarte
en la entrada de otro
laberinto
y vuelves a estar
equivocada
buscando en otras pieles
lo que a ti
te falta.

No hay banderas
blancas
que zanjen una
guerra
si eres tú la silueta
que alza el estandarte.

No me busques,
no vaya a ser que
te
pierdas
y yo acabe
por no encontrarme.

domingo, 20 de abril de 2014

Carmín.

La vi de lejos en aquel bar y sus labios rojos incitaban a buscar más allá de su perfecta dentadura.

Algo alocada y con la mirada puesta en ninguna parte, comía patatas fritas con la elegancia con la que muchos comen caviar.

No esperaba menos de ella.

Su pelo rizado y oscuro brillaba con la luz fluorescente de las farolas y sus ojos llorosos me atraían como imanes.

De pronto comenzó a llover, y algo me decía que ella no era de aquellas chicas que le temen a la lluvia. Es más, disfrutaba sintiendo el agua recorrer sus mejillas rosadas. Me ofrecí a acompañarla bajo un paraguas verde pistacho, y a cada paso llovía más y más. Era una tormenta de verano y sus labios tímidos a la par que pasionales buscaban una pregunta entre tanta respuesta sin sentido.

Llegamos a su portal y justo después de despedirnos me invitó a subir.
Al introducir las llaves en la cerradura y dar la primera vuelta, me miró, encontrando la pregunta que quería formular desde el principio.

"-¿Quieres besarme?"

No me dio tiempo a reaccionar cuando sus dientes ya estaban clavados en mi cuello. Llenó mis labios con su carmín y marcó a fuego mi nuca con su lengua.

Entramos en su casa y algo me dijo que sus ojos marrones y oscuros como la noche sabían lo que iba a pasar desde que nuestras miradas se cruzaron por primera vez.

Su ropa iba cayendo al suelo mientras mi manos memorizaban su espalda. A través de su piel veía toda la ciudad.
La tenía desnuda para mí. Mi boca jugaba con sus pechos pálidos y firmes, como si de una copa de Champagne francés se tratara mientras sus uñas se paseaban por mi espalda dejando señales de una guerra para recordar.

Notaba su sexo húmedo rozando el mío y nuestras caderas encontraron un ritmo perfecto para aquel baile.

Gemía en mi oído, notaba su respiración cada vez más acelerada y la humedad de nuestros sexos ya formaba un solo cuerpo. Quería escucharla gritar, que sus vecinos se aprendieran mi nombre. Pero ella quería llevar su juego más allá y de pronto paró.

Se apartó, se subió encima de mí y en un descuido sacó unas esposas con las que me dejó inmóvil.

Ahora estaba a su total merced.

Sus manos jugaban con mis pechos, lamía mis pezones y sentía su respiración como si fuera mía.

Beso a beso comenzó a bajar, haciendo un camino con su lengua hasta llegar a mi clítoris. Mis caderas le pedían más y ella obedeció. Sumergió su lengua en mí, sabía cómo hacerme gemir y al mismo tiempo comenzó a tocarme. Notaba su pelo rizado cosquilleando mis muslos mientras su boca jugaba conmigo hasta que mis instintos no soportaron más placer y caí exhausta en el último gemido.

Subió hasta mí, mordió mi cuello y mi placer suplicaba a gritos que me quitara aquellas esposas. Necesitaba sentirla.

Y así fue, hundí mis dedos en su cuerpo al compás que mis dientes se apoderaban de su oreja y la sentía latir.
Latían sus caderas, latían sus pechos, su sexo, toda ella, y justo cuando estaba a punto de estallar decidí bajar el ritmo y aterrizar con mi lengua para escuchar sus gemidos aún más.

Tenía su humedad en mi boca, sus manos en mi cabeza llevando el ritmo y sus talones en mi espalda pidiendo más, más y más hasta que su placer pudo con la razón y ambas caímos derrotadas de éxtasis.

Se ancló a mi pecho y se quedó dormida sin contamplaciones.
A la mañana siguiente su ropa seguía en el suelo, la mía también..., pero ella no estaba.

De repente oí la ducha al fondo.

"-¿Ya estás despierta? Ven."

Algo me decía que esto sólo era el principio.

viernes, 18 de abril de 2014

Alma de tango.

He vuelto
a una ciudad
en sueños y tengo las palabras
que no dije
haciéndome de soga.

Fue un tango mal
bailado y yo la rosa
mordisqueada.
Un rocío de excesos
y una ventisca
sin viento,
los 21 gramos de
cualquier alma
sin dueño y en llamas
teníamos el sexo
húmedo,
la miel en los labios,
el amor en las mejillas
y un tornado
precioso en las pupilas.

Haz de mi vida un teatro,
adelante.
Haz que se me corra
el pintalabios
también.
Quítame la nostalgia
de los ojos
y muerde mis cicatrices si
te atreves.

No tientes a una oveja
siendo cordero,
nunca sabes cuándo
puede
convertirse en lobo.

Fóllame
cuando esté
triste porque
será cuando más
lo necesite y no
me busques en
el frío de cualquier abril,
yo siempre
preferí el calor de mi
diciembre.